Bienvenidos a Cartas desde el pozo. Pronto se os acostumbrará la vista y confirmaréis que aquí las paredes rezuman agua insalubre y el suelo de cantos y guijarros entorpece el movimiento. Sin embargo, algunos hemos dado con un rincón donde sobrevivir. Allí sonreímos a la tragedia, labramos la ciénaga para cultivar comedias, y nos hemos conjurado para que el esperpento sea nuestra rutina. Seguidme y os conduciré hasta el lugar del que os hablo.

Todos arrojáis vuestros desperdicios al pozo: lo que os obsesiona, lo que no os atrevéis a mostrar, lo que no debería haceros reir pero inevitablemente os provoca carcajadas incontenibles... lo que os impide ser normales. Bajad y descubriréis que estáis descartando la mitad de vosotros mismos. Posiblemente, la mejor mitad.

El código del pozo

En Cartas desde el pozo sólo hay una regla: expresamos ideas, sensaciones y sentimientos por medio de palabras, pero evitamos la pedantería, la chabacanería o el exceso de afección.
Aquí caben todos los registros, pero no atormentes con tu tormento ni intentes hacer reír con esa broma que ahora triunfa en los bares. No buscamos eso.
Y a la derecha, Lo que cae al pozo, nuestra sección de objetos perdidos que merecen ser rescatados del olvido.

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cartasdesdeelpozo@ya.com

lunes, 6 de agosto de 2007

Si tu en mi

Si tú te vieras como yo te veo
desafiarías a los espejos
que bien querrían quebrarse
turbados por no poder imitarte.

Y tus ojos danzarían atónitos,
como acariciando tu imagen,
como hacen siempre,
antes de languidecer
como noche polar,
la más larga del mundo.

Ojalá soñaras mis noches de insomnio.
Te descubrirías alada,
velando en la penumbra,
evocando en el silencio.

Y serías flor expoliada por abejas,
pétalos desprendidos
flotando en el espacio,
formando senderos
como astros alineados
sobre los que pasear.

Con pies ligeros de cuerpo volátil
de niña indefensa en la noche, de mujer,
obra del primer rayo, al despertar.

Si mis párpados abrieran tus ojos
dirías: no hay color que me haga justicia
que el blanco en mi blusa amaneció muerto.

Será tu piel tierra de siena en verano,
o el oro sulfúreo de tu pelo,
quizá el sombrío betún de tu escote abierto.
Yo sólo sé que por duelo,
mañana, tras la próxima lluvia,
el arco iris se teñirá de negro.

Cómo decirte,
si supieses lo que yo deseo
te cubrirías ruborizada,
pero ay,
ojalá no sientas lo que yo siento
que entonces no querrías ser tú
sino yo

y no serías nada,
nada de esto,
nada de nada.

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